jueves, 27 de octubre de 2011

PRESENTACION DEL LIBRO, "ESPIAS Y GUERRILLEROS EN LA SIERRA DE ESPADAN"


El proper divendres dia 28 d'octubre del 2011, en el Palau de Vivel a la Vall d'Uixó, tindrà lloc la presentació del llibre:

ESPIAS Y GUERRILLEROS EN LA SIERRA DE ESPADÁN"

El citat llibre serà presentat pel seu propi autor, Clemente González

Vos esperem, estarà molt bé.

jueves, 13 de octubre de 2011

MUERTE EN LA SIERRA


Joaquín, un nonagenario vecino de Chóvar, tenía diecisiete años cuando a los pocos días de finalizada la guerra decidió darse un paseo por el castillo de Castro para curiosear. Pero no llegó a la cima. Una vez alcanzadas las estribaciones más altas comenzó a toparse con las líneas defensivas que apenas quince días antes ocupaban los defensores republicanos. Del interior de una de las trincheras pudo ver como sobresalían los restos cadavéricos de un soldado que le observaban a través de sus cuencas vacías; algo más adelante, aún enganchado en una de las alambradas, pendía otro acartonado despojo. No se atrevió a ver más, con el miedo metido en el cuerpo dio media vuelta y regresó al pueblo.
En los años cincuenta mi tío era estudiante de medicina en la facultad de Zaragoza. Durante uno de sus periodos vacacionales, junto a otro compañero, organizó alguna excursión por las vaguadas del mismo Castro buscando huesos humanos, preciadísimo material de estudio para los futuros galenos; y vaya si los encontraban. Llenando las calaveras con habas secas a través del orificio basilar y echándoles agua lograban separar los distintos huesos que conforman la bóveda craneal, consiguiendo un despiece perfecto; luego se repartían el valioso y didáctico botín.
En la que yo recuerdo mi primera salida a la sierra de Espadán en compañía de algunos amigos, allá por el año 68, unos obreros estaban abriendo o reparando una pista; al pasar por allí, mientras le daban al pico y la pala, cerca de ellos, los chavales nos quedamos mirando los restos de una cabeza humana que los trabajadores habían encontrado en un talud; uno de los operarios nos dijo:
-Si os gusta os la podéis quedar.
Por supuesto que nos la quedamos, pero una vez en casa, cuando mi padre la descubrió días después, nos hizo quemar las “reliquias” de aquel semejante tras advertirnos de lo sacrílego de nuestra acción.
Bastante más tarde, creo que en el verano de 1980, sucedió el gran incendio de Espadán, en el que prácticamente ardió toda la sierra. Las brigadas forestales y el propio ejército que había acudido a colaborar en la extinción no podían acercarse a los fuegos, pues en ellos toda suerte de proyectiles de todos los calibres hacían explosión con el calor de los incendios.
Los relatos y los diarios personales que nos han legado cuantos lucharon en lo alto de Espadán durante aquellas sangrientas jornadas están repletos de detalles de horror que hoy al contemplar su belleza y esplendor se nos hacen inimaginables.
Los requetés de Valiño murieron a decenas intentando conquistar los famosos “Dos Tetones”, dos montículos gemelos a los pies de Rápita, testigos mudos de una tragedia cuyos vestigios sólo el paso del tiempo y la misma vegetación han conseguido borrar. El espectáculo de las reatas de mulos descendiendo por los caminos cargados de muertos debía de ser demoledor para los soldados que ahora se encaminaban a afrontar el combate hacia la primera línea.
En Tales, un proyectil republicano fue a caer sobre una caballería cargada de granadas de mano alrededor del cual se encontraba la tropa, el resultado de la tremenda explosión fue una visión espeluznante de cuerpos desmembrados. Pero los defensores rojos no lo estaban pasando mejor. Durante el bochorno estival las moscas y los insectos, excitados con el calor y con los cuerpos putrefactos, atormentaban a los soldados.
En las trincheras las carencias se manifestaban en los equipos, la indumentaria y la alimentación, muchos combatientes calzaban alpargatas completamente raídas y andaban prácticamente descalzos, la mugre de semanas se acumulaba sobre unos uniformes acartonados, los piojos proliferaban en sus costuras, la sed y el hambre desesperaban, todos los días había alguna deserción. Hacia el final de la guerra menudearon los casos de confraternización y desde las alturas de Castro los famélicos republicanos atendían a las reiteradas invitaciones de los soldados nacionales, que de aquel modo intentaban socavar su moral; descolgándose en grupos hasta tierra de nadie comprobaban las excelencias de sus raciones, las cuales devoraban con una voracidad difícil de disimular.
Hasta el final de la guerra se mantuvieron inamovibles las posiciones. El 28 de marzo de 1939, cuatro días antes del final de la guerra, los defensores comenzaron a abandonar las trincheras en grupos, nadie hacía nada por impedirlo. Los oficiales se arrancaban las divisas y emprendían la incierta huída. Algunos regresaban a sus hogares, otros se apresuraban a encontrar algún medio que les condujera hacia el exilio. Mi abuelo, a la sazón padre de familia y reclutado por la República con las quintas de los llamamientos más maduros, acompañaba a un comisario que le decía:
-¡Palasí, acompáñeme hasta Valencia que allí nos espera un barco!
Temeroso de cualquier reacción violenta mi abuelo hizo lo que le pedía. Conforme descendían de la sierra iba quedándose atrás, cada vez más y más rezagado, hasta que llegado un punto en el que ya mediaba cierta distancia de seguridad le gritó:
-¡Adiós, me voy a mi casa!
Para los que lograron sobrevivir, aquella tragedia había terminado. Ahora empezaba otra.
Ambas tragedias siguen doliendo a muchos, y aunque sólo fuera por respeto a quienes las padecieron, las nuevas generaciones no debieran olvidarlas.
JUAN FCO. FUERTES PALASÍ

miércoles, 10 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN DE LA PUESTA EN VALOR DE LOS RESTOS DE LA GUERRA CIVIL EN VIVER (CASTELLÓN)

SABADO 27 DE AGOSTO
18:30 Horas. Centro Cultural “El Almendro” (“Teleclub”):
-Intervención de BCM. Patrimonio y Arqueología, autores de la puesta
en valor “Frente de Viver”.
- Presentación del libro "Espías y guerrilleros en la Sierra de Espadán",
a cargo de su autor Clemente González García.
-Presentación del libro "Resistir es vencer, el frente de Viver en la
Guerra Civil Española", a cargo de su autor Ramón Juan Navarro.

DOMINGO 28 DE AGOSTO
10:00 Horas. Centro Cultural “El Almendro”.
Inicio de la visita guiada a los restos de Ragudo y S. Roque, a los que
accederemos cada uno en vehículo privado En las zonas tendrá lugar
una recreación a cargo del grupo “Línea XYZ”.
Imprescindible ropa cómoda.

jueves, 26 de mayo de 2011

LOS OTROS HÉROES

La Infantería es por excelencia el arma que monopoliza toda la gloria y el heroísmo en el elenco de medallas y condecoraciones otorgadas en acciones de guerra. En el otro extremo, con toda la humildad, agazapada en un rincón, sin esperar nada a cambio, queda la logística, los servicios, que en silencio logran alimentar la batalla, consiguen mover las máquinas, dotan las armas, sustentan al combatiente y sanan sus heridas.
En silencio y con no menos arrojo los médicos ejercen en la guerra con una fortaleza singular, más allá de los límites humanos, conociendo y reparando las desgarradoras heridas físicas de la lucha moderna que en no pocas ocasiones convierten a los soldados en verdaderos despojos, auténticas piltrafas humanas que por todos los medios procuran ocultarse a la opinión pública y a la sociedad.
En este quehacer callado uno de los tipos de herida que, aunque no fueron habituales, se dieron en nuestra guerra civil, fue el producido por las granadas de mortero no estalladas, contingencia que multiplicaba el peligro mismo del suceso ante el evidente riesgo corrido por el equipo medico que debía atender a la, por añadidura, aterrorizada víctima. Los americanos reclamaban para sí el primer caso de cura a un herido por granada no estallada acontecido en la guerra de Corea, pero los primeros casos documentados, hasta hoy al menos, corresponden a nuestra contienda.
Uno de ellos fue el de un soldado perteneciente a la 48 Brigada Mixta, Blas Martín Mora, de 22 años y natural de la provincia de Toledo. En la madrugada del 2 de julio de 1937 los sanitarios lo acercaron en camilla, por no atreverse a su evacuación en ambulancia, hasta el hospital ubicado en el madrileño hotel Palace, ya que presentaba una bomba de mortero enclavada a nivel del tórax izquierdo, mientras que en la región posterior, en la zona escapular, se apreciaba una prominencia cubierta por los músculos y la piel. El estado del herido era de una gran ansiedad, ya que no ignoraba que el proyectil que albergaba en su cuerpo no había estallado.
Una de las primeras acciones que realizó el equipo médico fue la de avisar al artificiero para que tratara de desmontar la espoleta de la granada, pero este aseguró desconocer el tipo de granada y desapareció pronto de la escena.
Ante tal estado de cosas, el doctor Cosme Valdovinos, médico cirujano que dirigía la operación, solicitó tranquilidad. Todo transcurrió rápidamente y mientras un ayudante sujetaba la granada, el doctor se dedicó a abrir el boquete, hasta que tirando del proyectil fue posible extraerlo. El herido, una vez concluida la delicada maniobra y salvando la angustia pasada en el trance, sólo tenía dos costillas fracturadas y el hueso omóplato izquierdo con múltiples esquirlas.

Otro caso queda documentado en el Sanatorio del doctor León, también en Madrid. Allí llegó un herido portando un proyectil enclavado en la región posterior del brazo que, completamente desahuciado, nadie había querido atender. Al parecer, y según sus propias manifestaciones, el pobre herido había recorrido varios centros sanitarios sin recibir atención en ninguno. En el hospital fue atendido por el doctor Sanchez Brezmes, quien haciéndose cargo de la situación comenzó por darle ánimos. Siendo convenientemente anestesiado y con una buena dosis de valor, el cirujano procedió a seccionar los tejidos por encima de la espoleta, liberando ésta de los tejidos que la cubrían. Una vez desenroscada la propia espoleta, el cuerpo de la granada fue extraído por el otro lado, a través del mismo orificio de entrada, sobre el que se practicó una incisión que permitió la liberación. El proyectil había ocasionado una fractura de húmero de la que la víctima quedó totalmente curada y sin secuelas.
Existe documentado algún caso más, cuya extracción resultó algo más aparatosa por las precauciones tomadas por los respectivos equipos médicos, cautelas, por otro lado, nada censurables, habida cuenta del riesgo que se corría.
Uno de ellos aconteció también en el Palace, el modus operandi después de anestesiar al herido fue el de atar una cuerda al estabilizador de la granada (las aletas propiamente dichas) y a través de un boquete abierto en la pared tirar de la cuerda desde la habitación contigua.
Otro caso sucedió durante la batalla del Ebro, en el que el herido presentaba también un proyectil de mortero clavado en el tórax. El procedimiento de extracción fue similar al anteriormente descrito, pero al tratarse de un hospital de campaña la cuerda se ató a un árbol mediante una polea. Al herido se le sentó en una silla y desde la parte de atrás de unos sacos terreros instalados al efecto, y a la voz del cirujano, los artificieros tiraron hasta que el proyectil quedó en el aire balanceándose peligrosamente. Al instante uno de los artilleros cortó la cuerda y lanzando la bomba por encima de un parapeto preparado igualmente para la ocasión, produjo una gran explosión.
Es una muestra de casos médicos entre miles de los que acontecieron en nuestros frentes, sin publicidad, sin gloria, sin laureles. La Historia a veces se olvida del famoso adagio: “por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un general, por un general una batalla, por una batalla una nación”. La Historia a veces se olvida que el clavo lo fundió el más sencillo de los forjadores, lo transportó el más humilde de los acemileros y lo ajustó el más modesto de los herreros.

JUAN FCO, FUERTES PALASI